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martes 8 de febrero de 2011

La inteligencia del Ser


En nuestra sociedad, ser inteligentes es una cualidad ampliamente valorada. Asociamos inteligencia como sinónimo de éxito académico y profesional; como sinónimo de riqueza económica derivada de nuestra capacidad para resolver problemas y encontrar soluciones; también como la capacidad de ser populares al atraer multitudes por medio del carisma personal. La mayoría de la gente admira a los “genios” empresarios, científicos, artistas y músicos. A veces los idolatran viéndolos como Dioses en su área, seres que aportan su creación a la humanidad y la dotan de lo mejor que tenemos.

Y es que muchísimas personas valoran al inteligente, por creer que sabe más, que tiene más, mientras que ellos -el ciudadano mortal y común- no pueden aspirar a soñar con alcanzarlos, puesto que "no tienen" la capacidad para lograrlo. La sociedad vive pendiente de sus “héroes” a través de la TV, el internet, la radio, revistas y periódicos, soñando la vida de otros y evadiendo la suya propia. Pero me pregunto ¿Por qué valoramos tanto el éxito económico, la fama, el poder y la popularidad? ¿Por qué creemos que es propio de la verdadera inteligencia tener esa clase de éxitos? ¿Por qué a veces nos sentimos tan miserables y tontos frente a otros como por ejemplo, cuando nos comparamos con esos dioses” geniales”?

Y es que los valores innatos se han invertido y hemos olvidado una pieza clave que nos constituye. Le prestamos demasiada atención a la inteligencia del hacer y no a la del ser. ¿De qué sirven, pues, nuestras riquezas económicas si no somos íntegros? ¿De qué sirve el reconocimiento de nuestros pares si no somos capaces de amarnos a nosotros mismos? ¿De qué sirve la fama y el poder si por dentro nos sentimos vacíos?

La inteligencia ordinaria se alimenta de la realidad que nos entorna, no de nuestra realidad interior. Es decir, se ocupa en relacionarse con las acciones del hacer, que ocurren en el mundo externo. Procesa la información de la realidad circundante, almacena datos y funciona fragmentando la realidad en pedazos, solo así podemos “comprender” vagamente esa realidad y digerirla, la simplificamos y reducimos a conceptos como “Bueno”, “tonto”, “árbol”, “aburrido”, “mesa” para señalar algo que percibimos de ella (la realidad). Con esta inteligencia establecemos diferencias entre un objeto y otro, hacemos comparaciones, discriminaciones y juicios de valor como “bueno” o “malo”, "divertido" y "aburrido". Ésta está enfocada en el mundo de las formas, no el mundo intangible o interior.

Mientras, la inteligencia del ser, centrada principalmente en el individuo y no en sus acciones, es diferente: Ella no separa la realidad en pedazos, la unifica en un solo todo. Y lo hace así porque el Ser ya no está roto, está unificado. Así, ella no establece comparaciones porque para ella no hay etiquetas o diferencias. Al utilizarla nos damos cuenta que etiquetar las cosas es ridículo e innecesario. Ya los prejuicios y discriminaciones están de más para una inteligencia que no mira una sola cosa –fragmentando la realidad-, sino que ve todas las cosas al mismo tiempo, tiene una visión completa y unificada del universo . Esta inteligencia verdadera no es de genios, tampoco es de empresarios exitosos, de presidentes poderosos, de músicos populares, o de científicos reconocidos. La inteligencia verdadera no es algo que nosotros no poseamos, es algo a lo que podemos acceder cuando queramos.

“Todos estamos llamados a ser santos”, y ser santo es un estado de alma, “todos poseemos esta inteligencia potencial”.

Cuando estamos en consonancia con nuestro ser, nos sentimos plenos, realizados y en armonía perfecta, los actos o acciones vienen por añadidura, como reflejos de nuestra esencia inmaculada. Cuando nuestro Yo está fragmentado (por ejemplo, entre lo que creo que soy y lo que quisiera ser), sufrimos. Para compensar el vacío buscamos afuera lo que nos falta adentro; buscamos encontrar algo en lo externo –por medio de la inteligencia ordinaria- cuando, en realidad, debemos es buscar en nuestro fuero interno.

La inteligencia del Ser da la libertad de pensamiento, la libertad de sentir y actuar como deseemos, amos de nuestra vida y plenos de alma. La inteligencia del ser es Consciencia pura y la Consciencia es Dios. Somos y actuamos a la vez con coherencia, no con contradicción, por ende, nuestros actos siempre serán benévolos porque estamos en armonía.

Así, los bienes materiales, el éxito económico y el reconocimiento social pierden sentido para una persona que ya no necesita reafirmarse a sí misma identificándose con etiquetas separatistas. Ahora, esta persona disfruta de la vida viéndola como un todo, sin nombre, que a la vez es un vacío hermoso. Ya no tiene sentido sentirse “superior” o “inferior”, "Bueno" o "malo", "bello" o "feo", porque simplemente Somos.

Al estar completos, unificados por esta inteligencia maravillosa, rebozamos de vida y ya nada nos hace falta. Somos auténticos y verdaderos con nosotros mismos. La inteligencia del ser, pues, consiste en que Seamos lo que originalmente Somos, así como éramos cuando nacimos: Libres de prejuicios, atentos a la realidad que nos circundaba, conscientes de todo, inocentes y bellos. Como los niños, creativos y con una imaginación desbordante, felices de ser, amantes de la vida.

Vivir con éxitos mundanos, pero siendo personas tristes, no es vivir inteligentemente, es vivir una mentira. De nada sirve ser muy "inteligentes" si no sabemos vivir inteligentemente, a través de la autenticidad del Ser, de la inteligencia del Ser. El Hacer no está primero que el Ser, lo externo no está primero que lo interno, por lo contrario, siendo nosotros mismos podemos hacer, siendo como en verdad somos es cosa que viene de lo interno a lo externo, no al revés: Somos y en consecuencia hacemos. Ya no somos reactivos, el Hacer no condiciona el Ser, sino el Ser al Hacer, porque ahora nuestras acciones son un reflejo de nuestro Ser. Vivimos inteligentemente: Llenos de paz , amor y alegría, nuestro comportamiento es pacífico, amoroso y alegre.

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