
Estás extasiado, adormilado, pasivo ante las circunstancias que te rodean. Solo en una balsa has tirado los remos y estás en el medio del océano azul. Las olas te llevan a su voluntad, golpean tu pequeño bote, tu cuerpo se tambalea tranquilamente. Con tu mano descansada, sobresaliendo, tocas el agua tibia. No hay peligro, sabes que pronto llegarás a tu destino, renovado, refrescado, despierto para comenzar de nuevo.
Sí, así es la verdadera música, que toca tus fibras sensibles; cuando la oyes sientes como si te sumergieras en ella; te lleva por un sendero y tú te entregas tranquilo confiado a su voluntad, así como el océano te conduciría a caminos divinos, si se lo permitieras.
Ella te lleva a un destino, te narra una historia con principio y final. Como la mano rozando el agua, estás en contacto y la tocas sutilmente, pero luego te atrapa y te fundes con la melodía, tu individualidad se pierde en la nadedad, gozas el sentir, el tambaleo, y ya no piensas, solo cedes.
La música que logra trasladarte al Cielo es el océano, es arte puro. Es auténtica y genera placer duradero. Te hace llorar o gritar de alegría, te llenas de vida como si desbordaras de Ser y te expandieras al infinito. Tus músculos se aflojan, tu corazón se entrega a su ritmo, tu cerebro se electrifica o se apaga plácidamente. Todo tu ser danza en el presente, pronto terminará, pero luego serás otro...
Serás Dios con la música, serás azul, serás océano.
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